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Los colmillos del lobo: una historia paterna en 8 mm

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Durante años, una película incompleta permaneció en la memoria de una familia como una herida abierta. Se trataba de The Werewolf, cinta de 1956 conocida en México como Los colmillos del lobo, que Rafael proyectaba una y otra vez en su casa mediante un aparato de 8 milímetros.

La cinta no era solamente una historia de licantropía. Para su hijo, también representaba los recuerdos de una infancia marcada por el cine, los esfuerzos de una familia mexicana por salir adelante y la imagen de un padre que encontró en aquellas escenas una forma de refugio, imaginación y compañía.

El cine llegó a la familia

A comienzos de los años cuarenta, Rosendo, el abuelo, emigró temporalmente a Estados Unidos como trabajador agrícola para sostener a su esposa Margarita y a sus hijos Rafael y Carlos. Después de regresar, adquirió un pequeño proyector Pathé Baby de 9.5 milímetros, aunque las dificultades económicas hicieron que aquel aparato terminara en una casa de empeño.

Con el tiempo, Rafael consiguió un proyector Sigma de 8 milímetros y una cámara. En ellos registró momentos familiares y proyectó caricaturas, noticieros y versiones resumidas de películas que circulaban durante las décadas de 1960 y 1970.

Los proyectores domésticos no podían albergar rollos de largometraje, por lo que muchas películas se comercializaban en ediciones reducidas de aproximadamente 15 o 20 minutos. Entre esas versiones apareció The Werewolf, producción estadounidense dirigida por Fred F. Sears y estrenada en 1956.

La película cuenta la historia de un hombre amnésico que, tras recibir un suero experimental, se transforma en hombre lobo. Don Megowan interpreta al sheriff Jack Haines, mientras Steven Ritch encarna a Duncan Marsh y Joyce Holden a Amy Standish.

Una película convertida en recuerdo

Para Rafael, aquella síntesis de cine fantástico se convirtió en una de sus posesiones más preciadas. La vio decenas de veces, acompañado por su familia, y la cinta terminó asociada con sus sueños, sus frustraciones y las noches en que buscaba evadirse de las dificultades cotidianas.

Años después, hacia 1978 o 1979, Rafael entregó el rollo a una vecina que se dedicaba al comercio informal de productos importados. Quería que le consiguiera otras películas en 8 milímetros. Sin embargo, el rollo nunca volvió.

La familia recibió una explicación que no convenció a Rafael. La pérdida de la película le produjo un profundo pesar, no sólo porque había desaparecido un objeto difícil de reemplazar, sino porque con él se iba una parte de su historia personal.

El episodio ocurrió mientras los formatos domésticos comenzaban a cambiar. El betamax y el VHS sustituyeron poco a poco a las cintas de 8 milímetros; después llegaron el laserdisc, el DVD y el Blu-ray, medios capaces de contener películas completas. Aun así, Los colmillos del lobo permaneció fuera del alcance de Rafael.

Los minutos que faltaban

Tras la muerte de su padre, el narrador encontró en internet una copia completa de The Werewolf, aunque sin subtítulos. Por primera vez pudo ver los minutos que no formaban parte de aquella versión reducida que había acompañado a Rafael durante tantos años.

La experiencia fue también una forma de reconstruir una memoria. Las escenas desconocidas funcionaron como piezas de una película familiar incompleta, una búsqueda de aquello que se pierde con el paso del tiempo y que, en ocasiones, reaparece cuando ya no es posible compartirlo con quienes estuvieron presentes.

Los colmillos del lobo quedó así ligada a una historia de migración, trabajo, precariedad, imaginación y afecto. La película sobrevivió a los cambios tecnológicos y a la desaparición de su soporte original, pero sobre todo permaneció como un vínculo entre un padre y un hijo.

En sus fotogramas conviven el miedo de una criatura transformada, la nostalgia por el cine doméstico y la certeza de que una vida también puede conservarse en fragmentos: una escena, una canción, un proyector o una película que alguien vio muchas veces antes de desaparecer.