Josefina Vázquez Mota advirtió que niñas, niños y adolescentes enfrentan nuevos riesgos en internet relacionados con los videojuegos, la exposición a contenido sexual, el abuso en línea, el acoso digital y las apuestas, fenómenos que requieren respuestas de las familias, las plataformas y las autoridades.
La reflexión parte de una transformación en la vida cotidiana de la infancia: gran parte del entretenimiento, la convivencia y el acceso a información ocurre ahora mediante teléfonos celulares, redes sociales, videojuegos y otras plataformas digitales. En estos espacios existen oportunidades de aprendizaje y socialización, pero también riesgos para la seguridad y la salud mental.
El tiempo de pantalla no explica por sí solo el daño
El informe Childhood in a Digital World, publicado por UNICEF en 2025, señala que no existe evidencia clara de que el tiempo frente a una pantalla, por sí solo, perjudique directamente la salud mental de niñas y niños. Sin embargo, el organismo encontró asociaciones consistentes entre la exposición al abuso sexual en línea o al acoso digital y mayores niveles de ansiedad, autolesiones y pensamientos o conductas suicidas.
Por ello, el problema no se reduce únicamente a cuántas horas pasan las personas menores de edad frente a un dispositivo. También es necesario considerar el tipo de contenido al que acceden, las interacciones que mantienen y las medidas de seguridad disponibles en cada plataforma.
Videojuegos: espacios de convivencia y posibles riesgos
Los videojuegos forman parte de la vida social de millones de menores. UNICEF estima que existen más de 3 mil 400 millones de jugadores en el mundo y que, en países de ingresos medios y altos, nueve de cada diez niñas y niños participan en juegos en línea.
La Organización Mundial de la Salud reconoce el trastorno por videojuegos en la CIE-11. Se caracteriza por la pérdida de control sobre el juego, la prioridad creciente que se le concede frente a otras actividades y la continuidad de la conducta pese a sus consecuencias negativas; el diagnóstico requiere un deterioro significativo en la vida personal, familiar, social, escolar o laboral.
La clasificación no significa que jugar sea perjudicial para todas las personas. La propia OMS señala que el trastorno afecta solo a una proporción pequeña de quienes participan en juegos digitales. No obstante, los entornos multijugador también pueden ser utilizados para contactar, manipular, explotar o reclutar a menores.
Abuso sexual facilitado por tecnologías digitales
En México, el estudio Disrupting Harm, elaborado por UNICEF, ECPAT International e INTERPOL, encontró que uno de cada ocho adolescentes usuarios de internet sufrió explotación o abuso sexual facilitado por tecnologías digitales durante un periodo de un año. La estimación equivale aproximadamente a 1.6 millones de adolescentes.
La investigación también mostró que estos hechos pueden ocurrir completamente en línea o combinar interacciones digitales y presenciales. Entre los riesgos se encuentran el contacto con fines sexuales, el acoso, el chantaje, la difusión de contenido íntimo sin consentimiento y otras formas de violencia que pueden dejar consecuencias emocionales y psicológicas.
Apuestas digitales y normalización del juego
Las apuestas también se han vuelto más accesibles mediante teléfonos inteligentes, publicidad personalizada y patrocinios deportivos. La OMS advierte que la promoción intensa de los juegos de azar en línea y a través del deporte puede contribuir a normalizar esta práctica entre niñas, niños y jóvenes.
El trastorno por juego de apuestas se relaciona con la pérdida de control, la prioridad creciente que se concede al juego y la continuidad de la conducta pese a sus consecuencias negativas. Sin embargo, los daños pueden aparecer incluso sin alcanzar un diagnóstico clínico, por ejemplo, cuando se utiliza dinero destinado a necesidades esenciales.
Una responsabilidad compartida
La protección de niñas, niños y adolescentes en internet no depende exclusivamente de la supervisión familiar. También requiere que las plataformas incorporen medidas de seguridad desde el diseño, que faciliten la denuncia y la respuesta ante abusos, y que las autoridades fortalezcan la prevención, la atención especializada y la protección de derechos.
La discusión pública sobre la infancia digital debe evitar tanto el alarmismo como la minimización de los riesgos. El desafío consiste en preservar las oportunidades de aprender, jugar y convivir en línea, mientras se reducen las condiciones que permiten el abuso sexual, el acoso, la explotación y las conductas adictivas.

